La plaza de todos.

La primera vez que lloré fue hace unos 33 años, al mediodía. Fue al amparo de un puerto militar, en una ciudad que vive de espaldas al mar.

Más que un llanto, fue un grito libertario que llenó de oxígeno mis pulmones y provocó lágrimas de alegría en mis padres, dos cordobeses a los que la corriente los arrastró hasta esta costa.